Cotidianas
El buen ciudadano tal día lleva prisa, y, codeándose con mucha gente que no va a ninguna parte, anda á grandes pasos y al medir el terreno, mide él tiempo.
Del Ensanche debe ir á la ciudad vieja, a la ciudad típica, y se ve precisado a cruzar la Plaza de Cataluña.
...La Plaza de Cataluña no es calle, ni paseo, ni jardín: tiene de todo, y no sirve completamente para nada...
Un muchacho, que acaso «ha hecho novillos» zarandea con sus manos los dos palos de moda, agita el cordel haciendo girar el «diábolo» vertiginosamente. Luego con fuerza separa los brazos, el cordel vibra como cuerda de guitarra recién templada, y el diabólico carrete de madera surge como un cohete, revoluciona por el espacio y desde una altura de quince metros desciende gravemente. Al llegar al suelo tendrá igual fuerza adquirida que la que le impulsó desde el punto de origen.
Pero, el diábolo no llega al suelo porque antes va a dar contra las narices del buen ciudadano que llevaba prisa.
El hecho se repite con harta frecuencia, y puede repetirse tantas veces como el endiablado carrete surca los aires.
No todos los muchachos que diablean en la Plaza de Cataluña Son tan hábiles como el campeón Marcel Nelatás que en poco más de una hora hizo 3.307 tantos; ni como su rival Alfred Mennier, un chico de trece años, que hizo 3.258, en una hora, treinta y cinco minutos y siete segundos.
Esa nueva calamidad pública que ha invadido nuestras calles constituye un verdadero peligro: un peligro más, del que creíamos habernos librado definitivamente. Porque el diábolo no es cosa nueva: se jugaba ya en Francia en tiempo de Luis XVI, y durante el primer Imperio francés también hacia estragos el «diable-á-quatre». Tampoco es nuevo el mail que ya se jugó en el siglo XVI, así como el lawn-tennys de ahora no es más que la pautne de hace trescientos años
y el golf y el foot-báll no son otra cosa que modernizaciones del «jeu-de-crosse» del siglo XIII.
Mas, esto poco importa. Lo que interesa para la seguridad de los barceloneses es que no se juegue el díábolo en plena Plaza de Cataluña.
Lo que hace falta es que el Ayuntamiento resuelva de una vez el adquirir terrenos para parques: porque aquí no hay sitio adecuado para esparcimiento y para sports.
Diablear en la Plaza de Cataluña, es como hacer carreras de caballos en la Rambla: interrumpir la viabilidad de esos paseos que hacen de calles o de esas calles que sirven de paseos.
FIDELIO